viernes, 12 de enero de 2018

SI SALE CON BARBAS, SAN ANTÓN....

                                       



                   SI SALE CON BARBAS, SAN ANTÓN…


    Que escriba del santo. Eso me piden. Que cuente tres o cuatro chismes relativos al santo. Detalla una sarta de bochinches o si lo prefieres esa retahíla de hilachos de los que vas estirando cuando hurgas en las entretelas del recuerdo. Tú sabrás lo que puedes decir o dejar de decir. Un par de folios pizca más o menos, para sacar a colación pongamos que por San Antón a las seis y con sol o cualquier dicho que venga al caso. Lo que tú veas según vaya dando de sí el asunto, aquellos pormenores que buenamente se te ocurran o los que termines inventando sin que se note demasiado el embuste o ese relleno de felpa que infla los mofletes de las paparruchadas. Mira tú por donde, lo mismo sucede cuando se relata sin llegar a conocer al dedillo las idas y venidas del sujeto que protagoniza las frases, aunque para este caso será más apropiado hablar de las oraciones. Que relate algo de San Antón, media docena de párrafos que lo sitúen en el pedestal ventajoso de la memoria o una generosa ristra de zarandajas que resulten tan entrañables como esos corrales viejos en los que a boca de noche se cobija el olvido junto al olor a zotal. Que cuente cualquier cotarro del santo. No sé qué, algo. Tú verás, pero esmérate. Lo que sea con tal de que San Antón figure en el reparto o esté de alguna manera en el mejunje de los hechos. Un algo del patrón del pueblo o cuarta y mitad de las fiestas del invierno. Para qué andarnos con tapujos, la verdad es que conozco poco o casi nada de las andanzas y los correteos del monje ermitaño. De que era egipcio me enteré anteayer y de su pobreza voluntaria me acabo de desayunar. Me es familiar su aspecto porque recuerdo desde mi prehistoria esa figura orillada en los muros de la iglesia. También por aquella postal que tenía mi abuela pegada al espejo del aparador, junto al matamoscas. Mira el santo como te mira, y que sepas que no está pegada sino embutida en esa holgura que queda siempre entre el cristal y la madera del marco. De observarlo desde niño medio agazapado en mitad de esos recovecos algún detalle prestado me guardé. Poca cosa. Alguna que otra minucia desgreñada, como que llevaba barba en los tiempos en que ese desaliño no estaba de moda o que vestía un blusón largucho con esa caída que lucen solo los tejidos naturales. Lo que el lector no sabe, el lector qué va saber, es que el personaje se parecía al anciano que estacionaba cada tarde su tractor enfrente de la báscula. Uno que era forastero pero que llevaba toda la vida por aquí. Cierto aire le tenía, dejémoslo mejor en una retirada como decía siempre una prima de mi abuela. De lo que sí sé, y de eso si puedo contar, es que el santo andaba siempre de la ceca a la meca con un cerdo entrometido entre las canillas enjutas y las faldas de la casulla. Tal vez lo paseaba como quien saca al chucho por las huertas del rio los domingos por la mañana para que escarbe entre las toperas y un pedazo en el que crecen algunas matas de acelgas.



    Sobre de dónde y cuándo llegó el marrano tampoco puedo aportar mucha lumbre. Si se escapó de una porcatera maltrecha de cualquier granja de las afueras o si apareció con un circo de titiriteros movidos por la hambruna es algo que nadie me contó, por eso me lo invento como de pequeño me inventaba la nieve. Durante un tiempo anduvo el animal pordioseando por calles y sendas, es de suponer que dando la faena que todo puerco suelto ocasiona siempre. Nunca he entendido del todo bien eso de la faena que viene a dar un puerco suelto, ni que me lo dijeran a mí cuando dejaba los juguetes sin recoger y en mitad del pasillo. Comía lo que amablemente le dejaban por las puertas de las casas. Con un triste manojo de peladuras y un puñado de migajas ya contaba el gorrino con su merienda cena. No tenía amo pero era el dueño de la plaza en los días de mercado e incluso durante las fiestas de guardar. En las tardes largas de agosto se endormiscaba junto a la sombra húmeda de la fuente, o al pie de las escaleras estrechas del casino, como si en lugar de un cerdo fuera una montonera de longanizas puestas a secar al fresco del asfalto.  Malgastaba los días bajo la umbría de las garroferas y otras veces retozando en los charcos hasta emporcarse como un eccehomo.



    El trajín del cerdo. Los tejemanejes del cerdo. El recelo del cerdo. La mirada fugitiva del bicho cuando los críos lo perseguían y él se hacía el huidizo. El tembleque del cerdo mientras observaba el encendido de la hoguera por las fiestas.  De estas carnes envueltas con las tripas del tiempo sale mordida apetitosa, de eso no me cabe duda. Cosa bien distinta será sospechar si entre las tentaciones de San Antonio Abad hubiese alguna que hiciera guiños a la panceta jugosa del animal, o si en el perfil de sus pezuñas no descubriera el hombre más que la silueta apetecible de unos perniles. No me cabe duda de que el santo tenía un encarnizado afecto al cochino, no en balde le guardaba número en el turno de las bendiciones, cuando la multitud pedía la vez para consagrar al gato castrado o a la sedienta tortuga de agua, y hasta le concedía el privilegio de encaramarse al anda para acompañarle durante el mundano callejeo de la procesión.



   El gorrino murió de viejo y de esos cansancios que van acumulando las rochas sobre las piernas cortas. No llegó a vivir la caterva de primaveras que lo hizo el santo, pues parece que el barbado alcanzó la edad de ciento cinco años según las crónicas. Duró lo que suele durar un cerdo y un par de inviernos más. En esta historia no hay matanzas, ni matamuercos, ni Cristo que lo fundó. Tampoco una trituradora como la que desmenuza el magro, ni miaja de carne picada que echarse a la boca, ni un triste lomo requemado en el vuelta y vuelta de las sartenes mugrosas de la memoria. Algo de mano izquierda tendría San Antón con San Martín para que la cosa no pasara a mayores o al plato hondo de las digestiones pesadas. Esta es la historia, sin remilgos y sin pamplinas, del bicho embalsamado que prestó morro y careta al escultor sagrado.  Cada cuento da para lo que da, por más que le busques los tres pies al cerdo. Hay fábulas que las ensancha la tradición y otras que son agrandadas por la complicidad entre un eremita añoso y un cerdo baqueteado. Desde aquellos días antiguos, las orejas pitas del puerco y su pellejo negruzco comparten quietud inmóvil con la vara tiesa y ese gesto tan formal que ofrece el santo cuando mira de reojo.

 AMADEO LABORDA 

LIBRO DE FIESTAS SAN ANTÓN 2018 -  AYUNTAMIENTO DE PEDRALBA